domingo, 12 de junio de 2011

El Viaje

  • Narración a partir de la visita al evento cultural.


Desde lo alto se podían ver las nubes. Jamás había contemplado el cielo desde tan cerca. Tampoco era como de niña imaginaba que serian, hasta soñaba con ellas, con el poder tocarlas, tenerlas en sus manos. Recordaba, que de niña su madre le contaba que tocar las nubes era como si tocara un pedacito de algodón, tenía esa sensación suave y esponjosa. Se pasaba horas y horas recostada en el jardín de su casa, sobre el pasto húmedo, solamente para observar en lo alto esas inmensas nubes. Imaginaba formas y pensaba que algún día llegaría hasta ellas. Siempre guardó grabada en su mente esa sensación de suavidad. Anhelaba poder comprobar si lo que su madre le había contado era verdad.
Después de tantos años, por fin podría comprobar esa sensación. Claro está, que habían pasado los años, y ya no poseía esa ingenuidad e inocencia propias de la infancia. Todo era nuevo, una travesia. El hecho de dejar en tierra todo lo que era importante para ella.
Jamás había estado mucho tiempo separada de sus afectos, de su madre y su hermano, ellos eran todo para ella. Por lo cual, esta seria la oportunidad para estar por su cuenta, de estar sola y poder crecer. Sabía que sería difícil, pero también que el resultado valdría la pena. Tampoco quería pensar demasiado en ello, porque tenia la sensación de que si lo hacía, inmediatamente daría la vuelta y volvería con ellos. Todos esos pensamientos dando vueltas por su mente. De repente, siente que alguien toca suavemente su hombro. Al levantar la mirada observa a una rubia alta que le sonreía; mientras observaba el movimiento de su cara, de forma chistosa, quería reírse, pero luego se dio cuenta que algo importante le decía. Desprende de sus oídos los auriculares del mp3, y le pregunta que es lo que le habia dicho.

* Señorita le queríamos informar que en unos segundos llegaremos a destino. Por favor le pedimos que se ponga el cinturón de seguridad.
* Ok, disculpá. No te había escuchado – le responde - , estaba con los auriculares, muchas gracias.

Ya en tierra, miraba a su alrededor, desconcertada. Las personas corrían con miles de valijas para llegar a tiempo y no perder su vuelo. Unos iban, otro volvían.
Se tomo un momento para observar a los empleados de la cafetería del aeropuerto. Quería apreciar cada detalle. No le hizo falta mucho tiempo para darse cuenta que ya no estaba en su hogar, en su tierra. Con sus valijas llenas de recuerdos y esperanzas logró llegar, no sin esfuerzo, hasta las enormes puertas que daban a la salida. Una vez afuera, el sol encandilaba sus ojos. Debía de hacer poco más de 25º, un lindo día primaveral. Hacía mucho tiempo que no veía un sol tan grande y brillante. Sería porque en la otra punta del mundo, en la cual vivía, desde hacía meses solo tenían días de lluvia y viento, nubes y frío.
Cuando cruzó las puertas del aeropuerto, se asombraba porque parecía un mundo totalmente distinto al que se vivía dentro del mismo. No se observaba gente corriendo por todos lados. Solamente habia seres que caminaban de forma distendida entrando a las pequeñas tiendas aledañas al aeropuerto. De repente observa que un hombre robusto, de grandes bigotes (similar a su tío, del cual siempre se reía por su apariencia de dibujo animado) se le acerca. Al principio, ninguna de las palabras que le decía le resultaban familiar. Hablaba raro, en un idioma desconocido para ella. Entre ese mar de dudas solo pudo comprender una palabra: “taxi”. No supo que fue lo que le había dicho previamente, pero pudo darse cuenta que ese hombre era un taxista, y presuponía que le estaba ofreciendo llevarla a destino. Con un francés improvisado intentó comunicarse con él. Sacó de su bolsillo un papel viejo, arrugado y roto que decia: Bernard Arbier, y una dirección. El hombre comprendió que ese era el destino de su viaje. Le sonrió, expandiendo las grandes arrugas que surcaban su rostro y tomo sus valijas con el fin de guardarlas en el baúl.
Durante el viaje en taxi, observaba el paisaje; las grandes y antiguas plazas, los enormes edificios, las personas que caminaban en las calles, todo. No quería perderse nada, todo era nuevo para ella. Sentía lo mismo que cuando era chica y sus padres la llevaban a pasear: ansias de conocer. No sabía que era lo primero que haría, que lugares visitaría. Había tanto por ver y recorrer, tantas personas nuevas por conocer. Sentia que ya nada era lo mismo, incluso el aire que rozaba su piel. Esa gran ciudad parecía tan avanzada, tan moderna, algo que hacía que su país pareciera arcaico. Al fin de cuentas no le importaba. Llevaba su patria en la sangre, esos hermosos y gratos lugares que tan felíz la habían hecho. Sus costumbres, sus amigos, y por sobre todo su familia.
Mientras ella observaba el paisaje sentía la mirada del taxista desde el espejo retrovisor. Como no dominaba bien el idioma solo se limito, con muchos nervios de no equivocarse, a preguntarle si conocía el lugar y si faltaba mucho tiempo para llegar. El taxista se dió cuenta de que era extranjera, y devolviendole la mirada por el espejo retrovisor le dice que solo quedan unas calles más. Con lo cual, aprovechó el resto del viaje para preguntarle quien era, cual era su lugar.

* Florencia es mi nombre – le dijo- vengo desde Argentina. Llegue a través de un intercambio estudiantil de la universidad de Buenos Aires, pero mi estadía es solo por cuatro meses.
* Que bien – responde el taxista- es una gran oportunidad. Es una bella ciudad para aprender muchísimas cosas. En pocos dias tu francés mejorará, tan solo por hablar con la gente de aquí.

En ese momento, y para asombro de Florencia, habían llegado a destino. Una pequeña casa rústica, típica de la ciudad, con grandes ventanales antiguos, de color oscuros, esos de los que no se pueden ver de afuera hacia adentro, pero si a la inversa. Un enorme jardín delantero que daba la sensación de que esa casa era habitada por un amante de las flores y las plantas. Plantas exóticas, de todos los tamaños y colores, que ni siquiera Florencia se imaginaba que existían. Todo el lugar tenia un hermoso y dulce aroma perceptible desde lo lejos.
En la puerta de la casa aparece un joven. Alto, de tez trigueña y grandes ojos miel. Se quedo mirándolo, tratando de calcular su edad. El único resultado al que llego fue que tendría casi su misma edad. Junto a él se encontraban sus padres. Un hombre serio, de seño fruncido y pipa en mano. La primera impresión fue de susto, por no saber con que se encontraría. No duro mucho, en pocos segundos se esfumaría, ya que fue él el primero en recibirla con un abrazo afectuoso. La madre, una señora de apariencia amable, muy risueña y de imagen acogedora, tambien se acerco a recibirla. El joven no duda en seguirlos y se presenta. Era Bernard, el muchacho que había contactado desde Buenos Aires para que pueda hospedarse en su casa. Sin dudar, presenta a su padres. Ella Elizabeth y el Rupert. El taxista deja las valijas junto a ella y un número telefónico por si en algún momento desearia realizar un recorrido turístico por la ciudad.
Al entrar en la casa, Elizabeth le muestra las habitaciones para que se familiarice. Decorada al estilo romántico, con flores en cada rincón y muebles antiguos que la añejaban aun más. En los pasillos podía observar cuadros con fotografías familiares, tanto actuales como antiguas.
Su habitación no era muy distinta a las demás, poseía ese toque romántico de las flores y los cuadros. La única diferencia era que en las paredes había siluetas de cuadros que ya no estaban. Observa detenidamente la habitación, y descubre que en realidad no es tan parecida a las demás. Siente que alguien más había estado alli no mucho tiempo atrás. En los muebles había pulseras, collares, revistas y discos desparramados. Objetos que no creía que pertenecieran a la madre. Sin darle más importancia de la necesaria, comenzó a desempacar sus cosas.
Tiempo después, Elizabeth toca su puerta para llamarla a cenar. Baja las escaleras, nerviosa. Eran personas nuevas, no los conocía, no sabía qué era lo que le podian preguntar. Sin dudas estaba feliz de haber llegado hasta allí. En el comedor todos estaban sentados, esperándola. Sobre la mesa, la cena. Algo similar a un pollo o un pavo, y los más diversos vegetales. Florencia, acostumbrada a la comida rápida y al delivery, típico de la ciudad, no vio su cena con demasiado entusiasmo. Sabia que el hambre que sentia después del largo viaje, le haria comer cualquier cosa sin importarle. Para su asombro, el pavo le resulto bastante sabroso, sin darse cuenta habia dejado limpio su plato.
En medio de la cena Bernard hizo de interlocutor, ya que dominaba bastante bien el castellano. Le preguntaron por su viaje y que le parecía todo lo que había visto. Florencia comentaba que había tenido un largo viaje, casi eterno, y que estaba fascinada con todo lo que había visto hasta ese momento.
Estaba ansiosa por empezar a recorrer la ciudad, empezaría al día siguiente, ya que tendría que ir a la universidad para realizar los trámites para comenzar a cursar. Florencia estudiaba desarrollo internacional, al igual que Bernard, con lo cual serian compañeros.
Esa noche, charlaron durante horas. Bernard le contó que con un grupo de amigos estaban organizando un club cultural, donde se podrían realizar diferentes actividades, tanto culturales como recreativas. A pesar de disfrutar cada segundo de esa charla, decide, casi a la fuerza, ir a descansar. La mañana siguiente sería larga y ajetreada. A punto de dormir en su nueva habitación, seguía sin creer que finalmente estaba allí, en esa ciudad inmensa, llena de sueños.
A pesar de su felicidad, sentia en su interior que estaba sola, que sus afectos y sus amores le hacían falta. Sabía que sería difícil, pero valdría la pena...